El pan que alimenta el cuerpo y la semilla que despierta la fe en 60 niños wayuu
El viento en La Guajira sopla con fuerza levantando remolinos de arena fina que se colorean de naranja cuando el sol empieza a descender. En medio de este paisaje agreste, donde el agua es un bien escaso y la tierra parece no dar tregua, se encuentra una pequeña comunidad wayuu que espera con ansias el sonido del vehículo de Maná Pan en el Desierto.
Cada semana, nuestro equipo llega cargado con ollas humeantes y sonrisas abiertas. No se trata únicamente de saciar una necesidad física imperiosa; para los 60 niños que forman parte del programa, este encuentro representa un oasis de seguridad y afecto. Saben que aquí son valorados, que su nombre importa y que hay personas dispuestas a cuidarlos.
"Cuando los niños se sientan a comer, sus rostros cambian de la fatiga a la alegría. Es un recordatorio vivo de que Dios no olvida los rincones más solitarios del desierto."
Pero el alimento físico va de la mano con el alimento espiritual. Tras el almuerzo nutritivo, se abre un círculo bajo la sombra de unjí o enramada provisional. Es el momento de la escuela bíblica: las voces infantiles se alzan entonando cánticos de alabanza, aprendiendo versículos que hablan de un Padre celestial que los protege con amor eterno.